Darmstadt

Darmstadt
genau!!

sábado, 25 de abril de 2009

Nosce te ipsum

Hoy me he despertado con la fresca melodía de los pajaritos acariciando mi oreja.

Recuerdos de una infancia campestre, de unos años desprovistos de preocupaciones, en los que sólo había cabida para los sueños, para los viajes, para los caballeros andantes, para los ideales, en los que siempre siempre siempre había un final feliz de película.

Questa matina, un desayuno en el sofá de la terraza de mermeladas multicolores y té, siempre té, con un libro sublime, La Carretera, con el que contrastar la sombría ceniza que brota entre sus líneas en una mañana tan clara y luminosa.

Y cerrar los ojos.

Y dejar volar tu mente.

Al tiempo en que subías a los árboles más rápido que las ardillas. Cuando todo y nada era importante. Sentir los rayos del sol caer suavemente sobre los párpados. Pensar en todo lo que queda por hacer y lo que ya no se puede hacer. Los amigos que faltan, a los que abrazaría en ese momento, la caña en el Fran que me tomaría, a los que me encantaría encontrar en el Pool de nuevo, la risoterapia, la sangriada en teleco de ayer, un p3r cargado de ilusiones, la UIMP, conocer un duendecillo de voluntaria en el puerto, un fin de exámenes, una canción con la que saltas haciendo temblar la lámpara de la habitación de abajo, un viaje de entre tantos, tomar té, novatadas, un premio, colegial mayor y madrina, apoyados en la pared y riendo durante horas de todo y nada, rambos en el parque de la Almudena, una revisión en bañador y bikini, teatro en el Círculo de Bellas Artes y de NoEsCulpaNuestra, una noche en el Top of the Pops, napolitanas con café ajeno, quedadas en el puente de la Inmaculada o en Cruces, un cumple con cochinillo, el extremúsica, un proyecto irrealizable de un sueño inalcanzable, un libro, unos versos, un encuentro, miradas que se cruzan, las olas rompiendo en la costa coruñesa, una conversación que te atrapa los sentidos, una tarde perdida en el parque del Oeste, una cena del Eco, un partido de balonmano, cualquier noche improvisada por malasaña, por Madrid...

Me encanta amancer con sol.


What does he see?
He sees the bright and hollow sky
He see the stars come out tonight
He sees the citys ripped backsides
He sees the winding ocean drive
And everything was made for you and me
All of it was made for you and me
cause it just belongs to you and me
So lets take a ride and see whats mine
Singing...
Oh, the passenger

La la la la la la la la la la la la la la la la la la la...

lunes, 20 de abril de 2009

Entre Hessen y Baden-Württemberg

Al regresar de Turquía, para borrar la nostalgia y la pena que me había causado, tenía a mi familia esperándome.

Así pues, sin apenas deshacer la maleta me puse en camino para recorrer una vez más los alrededores de Darmstadt con mis padres.
Y con un sol espléndido y cerca de 20ºC visitamos Darmstadt, Frankfurt, Heidelberg,Wiesbaden y Rüdesheim. A pesar de haber estado en cada uno de esos sitios, y en algunos incluso más de una vez, estos días todo me pareció más bonito, será que el cambio de visitar una ciudad con un cielo gris y/o lluvia a ir con un sol que la ilumina y le da color no tiene ni punto de comparación.


Y si Heidelberg me pareció precioso en Noviembre, esta vez con el Neckar rutilando bajo la luz del sol y el castillo con una vista más clara que nunca; se puede decir que esta vez me enamoró. Y es que, aunque cuando estemos de viaje no nos demos cuenta, el clima hace milagros. Eso, y el ir con tus padres y comer en el típico restaurante alemán en vez del mítico kebab y sentarte en cualquier terraza en vez de unas modestas escaleras de estación. Aunque, hay que confesarlo, los viajes al límite en que te vas quedando sin coronas, liras o euros tienen una emoción especial...

Y con ellos tuve mi primera despedida. Y una agradable compañía y una encantadora rubia compañera de habitación y de juerga :P ¡Gracias por venir!
Y gracias por el jamón serrano, las palomitas, y un poco de ropa de verano. Porque el calor se acerca, y mucho más del que me esperaba... Pero sobre todo, ¡qué alegría poder decir que ya es primavera! :)


Dicen que una vez que cargas pilas y sientes la adrenalina batiendo entre tus sienes no puedes parar. Demasiado rápido todo, sin dejarte tiempo a pensar. Demasiados cambios a tu alrededor. Fue así como tras despedirlos en la Haupbanhof me fui corriendo a un desayuno de esos que me encantan con fresas, manzanas, berlinas, té, panecillos, bollos, flores y sobre todo una compañía inmejorable; volvía a casa, dormí y en cuanto desperté, a las 15.30 me levanté de un salto, comprobé el primer tren a Stuttgart (a las 17.30), preparé algo rápido para comer, metí un poco de ropa y vacié el nesceser en la mochila, despedí a Ane y me fui corriendo a la parada del bus directa a la Frühlingsfest!
Llegué a las 20.53 y a las 21.30 ya estaba en esto:


Gracias a Ferrán por acogerme con un aviso de horas de antelación. Por hacer que, entre él y Alfonso, me lo pasara genial en un finde improvisado. Porque hacía demasiado tiempo que no os veía. Por la cerveza Stuttgarter Hofbräu. Por el turismo sin Lonely Planet con helados. Porque ser erasmus es lo mejor del mundo no importa dónde estés. Por la quedada telequil-eco de ese fin de semana. Gracias Jaime por unos libros que leer al sol hasta junio. Por un museo impresionante donde soñar y elegir un mercedes SLK-Klasse para cuando seamos ingenieros.




Como dice el slogan de Mercedes, Das Beste oder Nichts, O lo mejor o nada, y nunca mejor dicho.

jueves, 16 de abril de 2009

Istanbul... Parte III

Quinto día

Hoy es el gran día. Muchos no lo entenderán, son cosas que te llaman la atención por algo personal, algo que has experimentado, algo que has sentido. Yo tengo en mente tres monumentos que quiero ver, por motivos que sólo uno mismo entiende: el Coliseo de Roma, el Taj Mahal y la basílica de Santa Sofía.
Pues bien, aquel 4 de abril pude tachar otra más de mi lista. Ya sólo me falta ir a la India.


Cuando llegamos allí, nos desplegamos para verla cada uno a su aire y acordamos quedar en una hora a la salida. Yo estuve más de hora y media deambulando por su interior, sintiendo el frío del suelo mármoreo atravesar mis zapatillas pero totalmente convecida de que el tiempo, mi tiempo, se había detenido y que mi visita no había durado más de quince minutos.

Dicen los libros de historia que la basílica de Santa Sofía fue la más grande de su época. Durante casi mil años dedicada a la tercera persona de la Trinidad, es una de las obras más esplendorosas del arte bizantino. Semidestruida varias veces en incendios y terremotos, y reconstruida de nuevo, su aspecto exterior puede parecer a simple vista deforme y desprovisto de gracia arquitectónica. Los paredes de ladrillo se entremezclan con las de piedra pulida, las partes originales con las reconstruidas, los minaretes se funden en esa iglesia-mezquita, pero todo en un cojunto de caótica armonía.

Y el interior... corta el aliento. Un mármol gris plateado domina el recinto, dotándolo de una fría pero majestuosa elegancia. El oro de los medallones otomanos y los mosaicos bizantinos recuperados del olvido brillan con la tenue luz que entra por sus múltiples ventana.

Dicen que el gusto por la riqueza y la suntuosidad ornamental del arte bizantino, eminentemente áulico, exigía el revestimiento de los muros de sus templos con mosaicos, no sólo para ocultar la pobreza de los materiales usados, sino también como un medio para expresar la religiosidad y el carácter semidivino del poder imperial.

Cierro los ojos y me recuerdo paseando entre sus muros. Sus inmensas columnas de capiteles cuidadosamente tallados. La inmensa cúpula que parece flotar en el aire. El techo pintando varias veces, la cruz bizantina que se intuye bajo una cenefa de árte árabe. Los mosaicos bizantinos que, no sin esfuerzo, luchan por regresar a su gloria pasada. Imagino a los aterrorizados habitantes de Constantinopla que buscaron consuelo y refugio entre sus muros en mayo de 1453 ante la inminente conquista de su ciudad por el sultán Murad, líder de los otomanos. Recuerdo un libro que leí hace tiempo y que sobresaltó mis sentidos.


“¿No veis? –dijo-. En estas partículas de polvo os miran los ojos de una encantadora doncella; una doncella cuya sonrisa borró tiempo a la muerte. En estas partículas danza el corazón de un filósofo, y su hígado, y su cerebro. Dentro de otros mil años, yo mismo, convertido en un grano de polvo, daré la bienvenida a un extranjero en las calles de Constantinopla. En este sentido vuestra ciencia y la mía son de igual validez”.

“-Volveré de nuevo –murmuré-. Un día volveré a ser apresado por los grilletes del tiempo y del espacio, y de nuevo volveré a tu encuentro. Las personas, los nombres y los lugares mudan y son cambiantes; pero desde las ruinas de estas murallas tus ojos me contemplarán un día como aterciopeladas flores morenas, y sea cual sea la nación o edad a que pertenezcas, rozarás este polvo con tu mano, tocarás mi mejilla a través de los tiempos, hasta que volvamos a encontrarnos de nuevo…”

Fragmento de "El ángel sombrío", Mika Waltari.

Lectura más que recomendada.


No sin razón, según el cronista oficial de la época, exclamó el emperador Justiniano al ver Santa Sofía terminada : «Salomón, te he superado».


Tras esto, todo lo demás parece irrisorio. Frente al museo de Santa Sofía, visitamos la Cisterna de Yerebatan, la más grande de las 60 cisternas que fueron construidas en Estambul durante la época bizantina. Como no había agua dulce suficiente dentro de las murallas de la ciudad, durante siglos la traían de las fuentes y ríos pero durante los asedios los enemigos destruían los acueductos o envenenaban el agua, por lo que se vieron obligados a guardar el agua en estas cisternas y de este modo disponer de agua potable en caso de necesidad.


Y el recinto era impresionante. Como se puede apreciar por la foto, la tenue iluminación, el reflejo de las columnas en el agua, el sordo sonido de las gotas cayendo desde el techo y una sinfonía de música clásica de fondo hacían del lugar algo mágico.

Más de 300 columnas de capiteles cuidadosamente labrados y una capacidad de 80.000 metros cúbicos que se podía recorrer a través de una pasarela de madera mojada que recorría todo su área.


Esa noche, un poco de marcha turca por Taksim.


Personalmente, prefiero la fiesta en Alemania y por supuestísimo España. Pero aquella noche por Estambul tuvo su encanto. Sobre todo el viaje en coche. Tres delante y cuatro detrás en el opel corsa de Murat. Y la policía sin poner pegas. El trayecto era corto y yo y Aritz que íbamos atrás en el medio teníamos un par de estupendos
meat-airbags.

Las calles repletas como a plena luz del día, puestos de souvenirs, té, especies, backgammons y cualquier cosa sin sentido, todos abiertos a la 1 de la mañana. Más que eso, infinitos puestos de comida en cada esquina de la calle, mejillones abiertos al instante y regados con unas gotas de limón listos para consumir. Mejillones rebozados en una fritanga riquísima para tomarse entre copa y copa. Ni de noche descansábamos del turismo gastr
onómico.

Luego, un poco de türkiye pils en uno de sus bares preferidos "El Tera" -que por cierto, es un estupendo bar de cañas con tapas a 1euro en Madrid, calle de Benito Gutiérrez para quien le pueda interesar-, un poco de chapa turca de nuestro querido Tolga del primer día a nuestro buenazo de Pablo, unos estúpidos juegos franceses que al final no resultaban tan estúpidos ya que acaban enganchando, y, lo mejor de todo, la vuelta en taxi con un taxista extremadamente alegre que no sabía llegar a casa y no paraba de dar palmas soltando el volante en una cuesta cada vez que decía/decíamos algo en turco y le entendíamos. Conversación de besugos turco-española entre Ane, Diego, Pablo, el tipet y yo. Creo que el que peor lo pasó fue Pablo que iba de copiloto y el turco no paraba de acariciarle con cariñosa amistad la pierna cada vez que le entendíamos las tonterías o le ayudábamos a llegar. Y menos mal que Murat le había dado algunas indicaciones y sobre todo había pactado el precio del viaje previamente a no más de 10 liras porque con las vueltas que dimos el cuentakilómetros marcaba algo más al final del viaje...


Ya sé quién conduce peor que los italianos, por si te sirve de consuelo, Nacho ;).


Sexto día


Asia
.
Este fue el momento en que nos dimos cuenta de la inmensidad de la ciudad... De sus alrededor de 14 millones de habitantes.


Éramos 11 personas, dos coches y una urbe amplísima que atravesar. Sólo eché de menos la comodidad del viaje, aunque la vista a través de la vent
anilla me tenía ensimismada.

Casas y más casas. Algún espacio verde, una colina despoblada pero siempre con algún edificio de fondo. Antes de cruzar el puente que une Europa con Asia y después de atravesarlo era todo ciudad dormitorio. El momento sobre el puente, sobre el mar, hacia la derecha unas vistas impresionantes de la ciudad, fue lo mejor del día.



Unas dos horas tardamos en llegar a una calle céntrica de Anatolia, cerca del mar. La parte asiática, mucho más moderna no tiene nada que ver con la Estambul europea de la que veníamos. Las calles eran paralelas y perpendiculares, con apenas pendiente, los edificios nuevos y más modernos, las tiendas más caras, la gente más elegante, era un ambiente parecido a la calle Princesa en Madrid pero con los edificios mucho más bajos y carentes de estética alguna. Ni que decir tiene que no nos entusiasmó demasiado (aunque tuvimos la diplomacia de decírselo con cariño a Nurhan, que era la que vivía por la zona) y enseguida volvimos al coche.

Necesitábamos un sitio para comer, era fund
amental que probáramos el iskender y con esa excusa acabamos subiendo Çamlıca Tepesi, la colina más alta de las siete famosas colinas que conforman la ciudad en cuya cima había un bonito parque y las torres de comunicaciones que rompían un poco el encanto de la zona.

Las vistas cortaban el aliento. Desde allí se veía TODO. Mejor dicho, se veía lo que no tenía fin. La ciudad se nos antojaba desde la distancia com
o el bullicioso hormiguero que era.

Y el restaurante podría ser el mejor en el que he comido en mi vida si tenemos en cuenta su relación de situación/decoración/calidad/precio. Las paredes eran toda una cristalera que dejaban ver la vista que nos había cautivado en lo alto de la colina. El famoso iskender estaba compuesto por carne de ternera de preparación turca, la mejor salsa de tomate que he probado nunca, unos pimientos que le regalé con todo mi car
iño a Cemal porque en ese momento no me apetecía que me saliera fuego por la boca, yogurt y por supuesto, pan turco ilimitado. Precio tras un regateo (nunca falla!) 12 liras. Al cambio, algo menos de 6 euros. Bebida incluida.

Acabamos el día en al borde del mar, donde un sol rojizo doraba las apaciguadas aguas del Bósforos. La
Torre de la Doncella o "Kiz Kulesi" se encuentra en una pequeña isla en el estrecho entre Europa y Asia. Según una leyenda Turca, una princesa fue encerrada en la torre por su padre debido a una profecía que alertó al rey diciendo que su hija se moriría por una serpiente. El padre quiso proteger a la princesa y la encerró en dicha torre. Desgraciadamente, la princesa finalmente muere como dictaminaba su destino por causa de la serpiente que fue llevada a la isla escondida en un cesto de uvas.




Aunque en la foto no se puede apreciar bien, la vista que desde ahí teníamos sobre el palacio Topkapi, Sultanahmet y Santa Sofía era sobrecogedora. Recuerdo el suave silencio del rumor de las aguas y el sol poco a poco abandonando su puesto. Una magnífica vista para el recuerdo y la mejor de las despedidas.

Mañana abandonamos el picante, la algarabía de calles, los sacos de especias, el cansineamiento de los vendedores, el tráfico suicida, la multitud extenuante, las cuestas, los desayunos turcos, a Tolga, el Bósforos, el perder a Artiz, el riquísimo té de los Narguil, la amabilidad turca, la visita guiada gastronómica, el sueño de una casa junto al Bósforos, el café turco, el aprender cada día un poco más, el sueño de un viaje hecho realidad...


miércoles, 15 de abril de 2009

Istanbul... Parte II

Tercer día

Después de sumergirnos en el Estambul forofo, gastronómico, callejero, picante, del regateo, llegaba el momento histórico más esperado: Topkapı Sarayı o el Palacio Topkapi, Sultanahmet o la Mezquita Azul, y Hagia Sofía o Santa Sofía. Pero, antes que todo eso, tuvimos la suerte de conocer a Ismael Baba, el padre de Murat, que estaba de paso en Istanbul y quería conocer a los personajillos que habían invadido su casa. Y debimos de caerle bien, porque insistió más de una vez en que en verano fuéramos a su casa -o mejor dicho, como decía él nuestra casa- de la playa...

El palacio Topkapi data de mediados del siglo XV y fue el centro administrativo del Imperio Otomano hasta mediados del s. XIX. El palacio está situado entre el Cuerno de Oro (Haliç), un estuario que divide en dos la ciudad de Estambul, y el Mar de Mármara (Marmara denizi), un mar interior que separa el Mar Negro del Mar Egeo. Elevado sobre una de las múltiples colinas de la ciudad, tiene unas vistas increíbles del Bósforos.


Formado por muchos pequeños edificios construidos juntos y rodeados por varios patios, nos perdimos por sus paredes de mármol y piedra. La decoración era austera y elegante, con las clásicas guirnaldas de colores árabes adornando el techo sin sobrecargarlo.


La mayoría de los pequeños palacetes habían sido convertidos en museos donde se exponen el tesoro real y varias reliquias sagradas del Islam y del cristianismo, como la supuesta vara que utilizó Moisés para separar las aguas del mar Rojo. Es curioso cómo se mezclan las tres grandes religiones: islamismo, judaísmo y cristianismo; y cómo todas tienen una base común y un notable profeta con diferente nombre.

En el edificio que albergaba el tesoro real se podían admirar un sinfín de joyas y armas aderezadas con piedras preciosas -sobre todo rubís, esmeraldas y perlas- de tamaño considerable. En una de las salas se encontraba el famoso puñal topkapi, el puñal más caro del mundo elaborado con oro, diamantes, esmeraldas y piedras preciosas; y en la siguiente sala había un increíble broche con un diamante conocido como el "diamante del cucharero", el tercer diamante más grande del mundo, del cual se dice que fue encontrado en la basura y vendido en el bazar por tres míseras cucharas... ¡eso sí que es un buen regateo!

A pocos metros del palacio se haya Sultanahmet, la Mezquita azul o Mezquita del Sultán Ahmed que fue el que la ordenó construir.

La mezquita se construyó a principios del s.XVII, en el lugar que ocupaba el Gran Palacio de Constantinopla frente a Hagia Sophia (en esa época, la mezquita más venerada de Estambul) y el hipódromo, emplazamiento de gran valor simbólico. Gran parte de la cara sureste de la mezquita descansa sobre los cimientos y sótanos del Gran Palacio. Es una de las dos mezquitas de Turquía que cuentan con seis minaretes. Cuando se supo el número de minaretes que tendría la mezquita, se criticó al sultán por presuntuoso, ya que, en aquel momento, era el mismo número de minaretes que la mezquita de la Kaaba, en La Meca. El sultán solucionó el problema financiando la construcción de un séptimo minarete en la mezquita de La Meca.

Si bien el exterior, de mármol y piedra con tintes azulados, es de un trazado irregular compuesto por cúpulas y semicúpulas, el interior es una deslumbrante galería de mosaicos. Nos sentamos en la alfombra, nos ajustamos el pañuelo a la cabeza para cumplir con la tradición y no dejar sueltos mechones rebeldes y dejamos que se perdieran nuestros ojos en el techo tachonado de flores de colores.

Tras esto llegamos tarde a Santa Sofía y no pudimos entrar. Yo me mordí los labios de la impaciencia... Bien es cierto eso que dicen de que lo bueno se hace esperar... Tras esto, un poco de gastronomía con un restaurante típico de la zona (y cuando digo típico no me refiero al mítico kebab) en el que probamos una carne llamada köfte aderezada con ensalada aliñada al estilo turco (semipicante) y de postre el famoso helvas, el cual, y que conste que no es peloteo porque no creo que llegue a leer esto nunca, no estaba nada bueno comparado con el de Cemal.

Aún no sé bien cómo, se nos frustró el plan histórico porque todo cerraba a las 5, así que acabamos en un museo de arte moderno cerca del puerto. Lo mejor del museo, las vistas al mar y a los barcos, sin duda. Eso, o buscar el lado bromista a las obras en lugar de deprimirte con ellas. Un punto importante era pararse a leer el título y luego buscarlo en el cuadro, y de paso siempre se aprendía alguna que otra palabra de turco...

Tras esto, un poco de sisha en una especie de teterías al aire libre que ahora estaban cubiertas por plásticos para frenar los azotes de la brisa marina. Melón, fresa, manzana y mucho mucho té y café turco. Nos os quiero ni contar como acabamos (en especial mi persona) con tanta teína-cafeína encima...

Cuarto día

Tras intentar dormir después de la sobredosis de estimulantes de la noche anterior, nos levantamos con las primeras luces de la mañana y fue el único día en el que la tropa estuvo lista para salir antes del mediodía, ya que teníamos que coger un barco y éste no esperaba.

Si alguien aún estaba medio dormido, el viento del Bósforos desde la cubierta nos quitó el sueño. El frío era considerable para lo que habíamos imaginado y no íbamos preparados, aún así, la vista era tan espléndida, y brillaba un sol tenue que iluminaba la estela de espuma que dejaba el barco tras de sí, que apretamos los dientes y mantuvimos la posición pegados a la barandilla.

Y así fue como puse mi primer pie en Asia. Concretamente en esta foto a la derecha, el pedazo de tierra que hay en el primer plano es de nuestro vecino continente.

Pero no sólo Asia. El borde del río estaba plagado de castillos en ruinas y magníficas casas a pie del Bósforos en las que nunca imaginamos entrar, o al menos no de momento. Porque lo que nadie se esperaba era la sorpresa que nos tenía reservada Murat después del día en barco. Y es que al parecer, el día anterior su padre había hecho una "llamadita" y fue así como conseguimos entrar en Sait Halim Paşa, una mansión de lujo de mediados del s.XIX a pie, casi rozando si alargabas la mano, el Bósforos.

Increíble.

http://www.saithalimpasa.com/saithalimpasa.htm



Y no sólo que nos dejaran entrar, sino que nos acomodaron en la terraza con tres camareros a nuestra disposición y nos invitaron a un té y a tres bandejas de pastas que desaparecieron e incluso se rumorea que nos peleamos por terminar la tercera...

Un día increíble, sin lugar a dudas. Bósforos, té, una compañía inmejorable... ¿qué más se puede pedir? Y lo curioso es que siempre pedimos más...

sábado, 4 de abril de 2009

Istanbul... Parte I


La llegada a Darmstadt se nos antojó una escena de película, de esas de las de pseudociencia-ficción en las que un virus extraño o unos alienígenas aburridos acaban con la población de una ciudad cualquiera con mala suerte.

Y es que del caos turco a la organizada alemania hay años luz de diferencia.

Pero comencemos por el principio.
La llegada, de madrugada, a las 2.30 con Nurhan esperándonos en el aeropuerto. Nada más aterrizar, empiezan esas complicaciones que hacen más entretenidas los viajes: a David le desaparece su maleta y Murat se deja/olvida/pierde las llaves de su/nuestra casa.

Esa noche dormimos chicos y chicas por separado, unos con más suerte que otros, porque si bien nosotras despertamos a la pobre Melek casi a las 4 de la mañana y nos dormimos enseguida, los chicos se quedaron con el famoso Tolga del que hablaremos más a delante, el cual, según nos contaron a la mañana siguiente, se pasó la noche viendo películas y fumando... todo en la misma habitación en la que todos dormían.

Primer día

Descendimos las cuestas del barrio de Beshitas bajo un sol tórrido que hacía siglos que no veíamos para subir otras cuestas hasta llegar a su universidad y el barrio de Taksim. Hasta entonces todo lo que veía no se correspondía con la imagen de Estambul que se había predibujado en mi cabeza. Todo era modernidad, casas elegantes, casas modestas, bloques de pisos, tiendas corrientes, gente, mucha gente... en resumen, una ciudad como tantas otras.


Taksim tenía algo especial. Una anchísima calle llena de comercios y cafeterías a la que desembocaban varias callejuelas repletas de vida. Los edificios que la flanqueaban eran viejos, nuevos, de corte árabe o de vieja elegancia praguense. Recuerdo que paseando con Nurhan por Praga me decía que la ciudad le recordaba a su Estambul pero silenciosa, y por extraño que parezca, algo de razón tenía.
Y allí comenzó nuestro turismo gastronómico con unas "hamburguesas mojadas" y granizado de limón azucaradísimo.

Y lo mejor del comienzo llegaba por la tarde, cuando nos acercamos a aspirar el olor a brea del Bósforos. Puede que a la mayor parte del mundo le resulte normal, pero a mí el mar siempre me ha insuflado un sentimiento especial, una atracción desmedida. Y ahora que me encuentro tan lejos del él, me gusta recordarlo, en especial ese día en el que un sol espléndido tintaba las aguas de un azul tan luminoso que hacía enmudecer la ciudad en sus orillas.

Bordeando el mar una multitud de pescadores, y en una calle paralela fuimos a probar los diferentes tipos de baklavas más ricos de todo Estambul, un pastel típico compuesto de hojaldre, pistacho y algo más de lo que no nos enteramos.

Cruzando el puente, nuestra primera mezquita a pie del Bósforos. La Mezquita de Suleiman o Mezquita de Süleymaniye es la segunda más grande de la ciudad. En sus escaleras se mezclaban las palomas y las gaviotas. El patio de las abluciones era inmenso, bordeado de columnas de elegantes capiteles. El interior, repleto de bóvedas de una decoración impresionante e iluminado con una luz tenue y cálida. Nos acurrucamos en las alfombras y disfrutamos de su arte. Aunque no del olor a pies del ambiente...

Después nos dejamos caer por el bazar de las especias y reprimimos nuestras ganas de comprarlo todo, ya habría tiempo para ello... A la salida, nos perdimos por las calles. Y cuando digo que nos perdimos, es que Estambul es una ciudad de calles tan enrevesadas que poco importó que estuviera con dos turcos (Murat y Cemal) que el grupo que iba con Nurhan tuvo más suerte y llegó a la Mezquita Nueva media hora antes. Para el que lo dude, yo estaba en el grupo "afortunado". No sé cómo lo hicimos, pero acabamos por calles de esas que no salen en las guías. De casas estrechas de dos pisos raquíticos y el bar o kebab del barrio. Calles oscuras, semiasfaltadas, sin aceras, que subían, bajaban, de patios interiores con un encanto especial... Murat y Cemal no paraban de preguntar y más de una vez volvimos sobre nuestros pasos, pero cuanto más se desesperaban ellos, más me gustaba lo que veía y por dónde íbamos...


Segundo día

Tras un desayuno tradicional turco: dos tipos de quesos turcos, olivas aliñadas, pan turco, mermelada casera de la madre de Murat, té negro recogimos a Nurhan junto al puerto y nos dirigimos al palacio de Ataturk, antiguo hogar de sultanes.


El recinto era impresionante, y lo más llamativo era que estaba a pie de mar, y la piedra blanca de la muralla contrastaba con el azul del agua. El interior era todo el lujo del antiguo poder del imperio otomano. Recargado pero elegante. Estancias amplias y muebles neoclásicos.

Y poco más puedo contar porque en plena visita guiada Diego recibió un sms en el que decía que había habido un incendio en Karlshof en el edificio 8 y que estaba cortado el acceso a partir del 3º piso, con lo que los supuestos indemnizados éramos 4: Marion, Aritz, Murat y yo, y no nos hacía ninguna gracia la idea de quedarnos sin casa. Dudando entre la broma y la realidad nos pasamos la mitad del recorrido. Al final, tras recibir un tercer sms de Ronan, más intraquilos que nunca, David llama a Jose a ver si sabe algo del incendio. Respuesta de Jose: "David, ¿qué haces borracho a estas horas?"; y fue entonces cuando caímos (y por desgracia no antes) que el 1 de abril es el "inocente, inocente" en Francia, Inglaterra, Italia y Argentina y sentimos un alivio y unas ganas de matar a Ronan igual de comparables. Y eso es todo lo que puedo recordar del palacio, porque cuando el guía hablaba de los tapices y de lo que el sultán y su familia hacían, yo intentaba encontrar algún puente en Darmstadt en mi memoria para cuando regresáramos.

Más aliviados y contentos, nos fuimos a comer algo para coger fuerzas para lo que nos esperaba a continuación: partido de vuelta Turquía-España en medio de todos los hinchas gracias a unas entradas que estaban agotadas pero consiguió Murat de trapicheos.
Nos aprovisionamos de bufandas, cordones y banderas para pasar desapercibidos y nos dirigimos al estadio del Galatasaray. Creo que no hace falta que comente la cantidad de gente que había porque es fácil imaginárselo. Nos guardamos las monedas en los calcetines (al parecer la utilizaron como arma blanca en un partido y tuvieron que prohibirlas, mira que son ganas de despilfarrar por un cabreo tonto con el árbitro), aguantamos un poco de cacheo en la entrada (para mi gusto tocaban demasiado, con eso de que el Islam prohíbe la homosexualidad se pusieron las botas) y dentro!


¡Y lo motivados que estaban! Una hora antes de que empezara el partido ya habíamos ido a coger sitio y estaba todo el mundo cantando como si se jugaran la final de copa. Decir que Murat nos suplicó más de una vez: please no spanish, only english or german, please be careful, y lo que nos pareció una exageración suya la seguimos al pie de la letra.

Eso sí, cantar cantamos como si lleváramos a Turquía en el corazón, porque hacía un frío que clavaba cuchillos y cualquier excusa era buena para saltar, entrar en calor, y granjearte la amistad de los de alrededor.
Yo agarraba con fuerza a David en los córners y cuando el gol pintaba claro para que no saltara y se lo comieran los turcos poligoneros (un clásico que tienen todos los países) que teníamos detrás y que no estaban muy contentos con los goles de España.
Y lo de hacer amistades era importante, sino hay que ver lo protegidos que tenían a la pequeña afición española que había entre las gradas... Estaba metida en un recinto vallado de unos 4m de alto, y rodeada por varias columnas de asientos vacías, unos 4 policías por fila y otras cuantas columnas libres que los separaban de la afición turca... ¡cualquiera se la jugaba y más con un 1-2 en el marcador!