
Decía un simpático personaje de aquí de Darmstadt, en un momento d

e
ubriaca felicidad, que hay dos tipos de turismo: el turismo de día, y el turismo de noche. Pues bien, con esas palabras podría resumirse perfectamente el pasado fin de semana en Berlín.
El primer día, tras un confortable vuelo de Ryan-air previo bus al aeropuerto patrocinado por la mafia turca, como buenos erasmus que somos, fue sencillo de planear. Llegamos a las 22.00 y cenamos por 3 euros (un punto mágico de Berlín es lo barato que es salir, de ahí la vida que hay en sus calles) con Berliner Pilsner de la que no nos cansamos en todo el fin de semana, paseamos un poco por sus calles del este hasta llegar a una discoteca frecuentada por los erasmus, el Sage, donde el roch y el heavy se mezclaban en dos salas de distintos escenarios, donde una cama de armazón de metal aparecía en medio de la nada junto a un columpio entre una decoración rayante y, cuenta la leyenda porque nosotros no lo vimos, que en alguna parte hay una piscina.
La noche acabó con nosotros volviendo con las primeras luces de la aurora. Tras dormir un rato e improvisar un rápido brunch con muuuucho café nos lanzamos a conocer la ciudad. Lo primero, un Freetour al que podías unirte cada día desde la puerta de Brandemburgo, donde una simpática argentina, que vivía al máximo cada palabra que contaba, nos sumergió en la historia berlinesa con anécdotas que no conocíamos.

Como por ejemplo la de la caída del muro de Berlín, un hecho tan importante del que nunca me había parado a pensar cómo había ocurrido realmente. Y para los que desconozcan la historia, al final de aquella visita, sentados en el césped frente a la Dom descubrimos cómo, al final de una conferencia de prensa retransmitida en directo por televisión, a últimas horas de la tarde del 9 de noviembre de 1989, el Secretario de Agitación y Propaganda del Partido Socialista Unificado de la RDA, Günter Schabowski, anunció a las 18:57, incidentalmente, la aprobación de un decreto que permitía a los ciudadanos de la RDA viajar sin limitaciones fuera de las fronteras de la misma.

Dicen que las segundas partes nunca son buenas pero en el caso de los viajes se equivocan. Una vez más, después de Praga, repito ciudad, y una vez más vuelvo enamorada de ella.
Se puede alegar compañía, fiesta, buen tiempo o que sin duda la ciudad lo merece. Y sobre todo que, más allá de los monumentos, me he sumergido en sus calles, en sus barrios, hasta en el patio de sus casas.
Del Berlín bohemio y tranquilo que con un acordeón en la esquina te transporta a las calles de St. Michel al barrio judío con la metralla tachonando las paredes y las placas que reviven nombres y personas; de las c

allejuelas en las que se mezclan todos los estilos arquitectónicos conocidos, cristaleras, paredes decoradas con antónimos que hacía un guiño a la constante antítesis de la ciudad, balcones románticos o pintadas de grafitis; los restaurantes improvisados en cualquier edificio derruido manteniendo su orgullosa decadencia; los patios interiores de terrazas elegantes o con un
Café-cinema de corte alternativo con las paredes desconchadas y donde el arte y la escultura libre son su dogma; las bombillas de colores que, en cuanto empezaba a bajar el sol del cenit se encendían en cada esquina... ¿Duerme la ciudad? No. No al menos tres días que yo estuve allí, dónde a las 3, 4, 5

de la mañana había un kebab que comerse, donde a medianoche podías cenar sin problemas, donde varios
Spätkaufen siempre abiertos calmaban tu sed de cerveza.

El Spree llevaba en sus orillas esa magia del constante cambio inesperado, insólito. Con la misma probabilidad nos encontrábamos una fiesta en una casa-barco de madera, como un parque de bancos gigantes y coches forrados de césped con altavoces en su interior, playas aritificiales con toda una extensión de pistas de volley playa y bar con palmeras y hamacas al más puro estilo de Hawai, pistas de baloncesto llenas de grafitis sacadas del Bronx, algún monumento, casas de corte comunista...
Aunque para alternativismo, la casa okupa que visitamos. Por fuera era un edificio de piedra con pinta de estación medio derruida, por dentro era muuuuucho mejor que cualquier ascensor de Karlshof. Todos sus pisos estaban inundados de artistas que pintaban al mismo tiempo que recibían curiosos como nosotros. Paz, anarquía, amor, tanques tachados con una inmensa cruz negra y el cambio climático eran los temas más recurrentes. Luego, un inmenso patio de arena donde se reunía la gente con una caravana llena de colores, bancos para sentarse, para pensar, hablar, inspirarse... Esculturas metálicas, tiendas de lonas de té y artesanía, música...

Acabamos un día tan alternativo y surrealista bailando en una antigua central eléctrica, con música tecno, sacudidas de luces, humo y croissants de compañeros de sala. El Tresor (no de Lancôme, Tresor a secas, de glamour no tenía nada): http://www.tresorberlin.de/.
No volvería, pero estuvo bien por un rato. La decoración (o mejor, dicho, la ausencia) se centraba en carteles con el número de KWh y alguna que otra palabreja indescifrable en alemán, salas con rejas con sofás en su interior, pasillos bajos y axfisiantes. Ni que decir lo que me alegré a la salida y ver un sol reluciendo con fuerza. Y es que este finde, los amanceres en Berlín parecían sacados del mediodía. Caminamos con calma, disfrutando de la ciudad despertándose, cruzando Alexanderplatz y soñando con tener un casa allí algún día.
Primero fue Praga, luego Estambul y ahora Berlín. Tres ciudad muy diferentes en tres países que no tienen nada que ver. La primera, de una mórbida belleza cuya melancolía te atrapaba los sentidos. La segunda, a medio camino entre dos continentes, contenía la magia de un glorioso pasado y sus imponentes reyes mezclado con el tumultuoso mundo actual. Y por último Berlín, llena de heridas de metralla en sus fachadas pero dinámica, viva, juvenil, inspiradora.

Eso sí, hay un punto importante a destacar: ni el Moldava o el Spree llegan a alcanzar ni un ápice de majestuosidad del Bósforos.