No sé si alguna vez hablé aquí de mi primer día en Darmstadt.
Miércoles 1 de octubre de 2008.Fue un día de mierda, lo recuerdo perfectamente. Dos horas de retraso por tráfico aéreo en Frankfurt en un día de lluvia, oscuro y frío, en el que fui corriendo a todas partes en una ciudad desconocida... Dejamos todo el equipaje en la estación, pedimos un mapa en la oficina de Información y Turismo y nos apresuramos a encontrar el Studentenwerk antes de las tres para firmar el contrato de la casa. Resulta que los miércoles, está cerrado. A pesar de su cara de asco cuando nos vieron a Javi y a mí entrar, les debimos de dar tanta pena con nuestras caritas de desesperación que hicieron el esfuerzo de buscar nuestros nombres y darnos los papeles que necesitábamos para conseguir
la llave.
De ahí, vuelta corriendo al Meeting erasmus y la asignación de tutores que nos estábamos perdiendo. Llegamos cuando estaba acabando, claro está. Al menos alcanzamos a comer un mítico bretzel y a tomar un poco de zumo, saludar los dos primeros españoles que te encuentras por el camino y después corriendo de nuevo con el recién encontrado tutor a buscar al Hausmeister y tener techo donde dormir esa noche.
La llegada a Karlshof fue lo más desolador de ese día. El camino, de tierra enfangado, y sólo alcancé a ver los dos primeros edificios totalmente cubiertos por andamios, un recinto vacío, inhóspito y totalmente diferente a lo que venía acostumbrada de Madrid... Al encargado no lo encontramos, pero un subalterno se fió de nosotros y de nuestros contratos y nos abrió la oficina con todas las llaves, todas menos la mía...
Recuerdo el camino de vuelta a la estación para traer el equipaje. Eran alrededor de las cinco de la tarde y casi de noche. Lluvia que caía de un cielo plomizo. Me recuerdo diciéndole a Javi con la voz quebrada:
¿y aquí vamos a tener que estar dos años? Y Javi:
Rosa, por favor, no me recuerdes ahora eso...Tras dejar las cosas en casa de Javi nos quedamos un rato viendo caer la lluvia, pensando qué cenar y sin ninguna idea de dónde habría un supermercado ni ganas de ir a buscarlo. Luego un mensaje de Dani, que estaba con María frente al 10C, el primer edificio con andamios, para ir a comprar a un supermercado que estaba más o menos cerca, el ahora ya mítico Penny y nos reunimos bajo el 10B, el segundo edificio con andamios, a charlar un rato, esperando que amainara. Recuerdo que estábamos desubicados, desorientados, solos y con frío. Y entonces llegó ella.
Es una de esas escenas que se graban en tu memoria. Recuerdo incluso tu ropa, Silvia. Una chaqueta morada larga y las pseudoconvers del Arena que hoy te he visto tirar. Cada vez que pienso en nuestra charla creo que tuviste que reírte muchísimo de nosotros y de nuestras miles de preguntas, cada cual más absurda. Recuerdo lo mucho que nos alivió escucharte, tu voz tranquila y pausada contestando nuestras dudas atosigantes, tus consejos, tu optimismo, todo lo bueno de Karlshof y Darmstadt que en esos momentos éramos incapaces de ver. Y la lluvia que seguía cayendo, implacable. Entonces, aparecieron Josè y Marion, que venían de correr totalmente empapados y se quedaron un ratejo a saludar. Y así salió lo de "Él también hace la doble titulación de teleco, si tenéis cualquier duda con el máster, preguntarle, es muy majo, seguro que os ayuda sin problema". Y sí, dos semana más tarde tuvimos un lío impresionante con el máster y las asignaturas, y tenías razón, Josè nos ayudó encantado y más tarde nacía una amistad, aunque esa es otra historia.
Hablando bajo los andamios se hizo muy tarde, hacía frío y la lluvia no cesaba. No recuerdo muy bien cómo pero, el caso es que, esa noche, acabé en tu casa. En tu cuarto, hablando, escribiendo un mail a mis padres, descubriendo cosas, animándome más con cada cosa que me decías, despreocupándome por mi llave que seguro que aparecería mañana, segura de que acabaría en el edificio 6 u 8, lejos de los andamios que tanto me habían asustado al principio. La cena, con Alexia, Ana, Jordi, Leire que estaba de visita, fue sencilla pero alentadora. No te puedes imaginar lo bien que me hiciste sentir esa noche... Y dormir, porque gracias a tu colchón y una almohada mi espalda descansó mucho mejor esa noche.
Al día siguiente salió el sol. Me levanté temprano por los nervios y fui a por mi llave, la habían encontrado. Edificio 8, de color verde esperanza.
Hoy también ha hecho un día precioso. Luminoso desde las 7.30 am. Y también me levanté temprano pero para tomarme un batido contigo (a falta de poder tomarme algo más, ¡qué hambre me daban vuestras tostadas!). Y llegamos forzando al aeropuerto, con atasco para que no sufrieras de nuevo la velocidad de Josè en la autopista...
Y a estas horas estarás en casa ya, comiendo comida de mamá... Yo aún no me he preparado otro superbatido, no tengo ganas. Me siento rara, una mezcla entre triste y nostálgica, sin hambre... Si te he echado de menos estos meses que andabas liada con el proyecto y la vida en general, imagínate lo que te voy a echar de menos ahora... ¿Quién me va a cuidar ahora? El café en el 603 donde ponernos al día ya no será lo mismo, tendré que buscarme a alguien nuevo a quien darle la chapa... Aunque procuraré mantener el tobillo sano para cuando vuelvas y jugar de verdad al baloncesto, y no dejar de recordarte todas las fiestas que me debes...

Eres de las personas más buenas y dulces que conozco. Y que saben escuchar el torbellino de palabras que sale de mi boca. Sólo siento que los momentos compartidos fueron cortos y se me escaparon de las manos. Pero el tiempo que tenemos por delante es suficientemente largo como para que no tengamos que preocuparnos por el pasado. No importa dónde, Pamplona, Madrid, Coruña, Darmstadt, tu ciudad perdida de la India o la ciudad dónde acabaré yo, creo en una amistad que no conoce fronteras, y en unas avanzadas comunicaciones que tenemos la suerte de estudiar y que ayudan a sentirse cerca a pesar de estar lejos.
Gracias por todo. Aunque ya te estoy echando de menos...
Pienso en ese primer día y en la ilusión que me hace ahora mismo quedarme otro año aquí, y comparo ese cambio de mentalidad. El erasmus no lo hace el sitio, aunque bien es cierto que influye mucho, el erasmus es la gente, el día a día especial que forjas con cada una de esas personas... Aunque no sé qué será de mí el año que viene sin todos vosotros que os iréis escabullendo de aquí a cuentagotas, supongo que tengo confianza en la gente que está por llegar... y en vuestras visitas venideras.
Silvia, a ti la primera te digo: ¡hasta pronto!