El alba despunta tranquila, de una melancólica serenidad irradiada por las aguas del Elba. Los mástiles se alzan al cielo, arropados por un tenue rumor de mar que va in crescendo con el bullicio del puerto.
En el fischmarkt los pescadores intentan vender su mercancía a precios ajustados. Todo tipo de pescados, cestas de fruta, tés, cafés de aromas internacionales, bollería, teteras, pañuelos compiten por atraer la atención del viandante.
Dentro de la casa de subastas, un grupo de viejos rockeros refuerzan la vigilia de la gente que llega de St. Pauli y Reeperbahn. Extravagancia cosmopolita. De repente, una canción que saca a la gente a la pista en un descoordinado baile de madrugada. Recuerdos que asaltan la mente adormecida, bocetos de ilusiones compartidas. Notas arrancadas a dentelladas de guitarras doloridas.
Mientras, el río discurre inexorablemente, en un ir y venir de ondas arrastrando pensamientos que buscan encauzarse en la vida. La musa inspiradora emerge de unas aguas adormecidas. Y en todo momento la brisa marina acaricia las mejillas con unos versos etéreos de un Poeta eterno, un Poeta de tierra, aire, mar y cielo.
Yo no quiero más luz que tu cuerpo ante el mío:
claridad absoluta, transparencia redonda.
Limpidez cuya extraña, como el fondo del río,
con el tiempo se afirma, con la sangre se ahonda..
¿Qué lucientes materias duraderas te han hecho,
corazón de alborada, carnación matutina?
Yo no quiero más día que el que exhala tu pecho.
Tu sangre es la mañana que jamás se termina.
No hay más luz que tu cuerpo, no hay más sol: todo ocaso.
Yo no veo las cosas a otra luz que tu frente.
La otra luz es fantasma, nada más, de tu paso.
Tu insondable mirada nunca gira al poniente.
Claridad sin posible declinar. Suma esencia
del fulgor que ni cede ni abandona la cumbre.
Juventud. Limpidez. Claridad. Transparencia
acercando los astros más lejanos de lumbre.
Claro cuerpo moreno de calor fecundante.
Hierba negra el origen; hierba negra las sienes.
Trago negro los ojos, la mirada distante.
Día azul. Noche clara. Sombra clara que vienes.
Yo no quiero más luz que tu sombra dorada
donde brotan anillos de una hierba sombría.
En mi sangre, fielmente por tu cuerpo abrasada,
para siempre es de noche: para siempre es de día.
Miguel Hernández (30 oct 1910-28 marzo 1942)
claridad absoluta, transparencia redonda.
Limpidez cuya extraña, como el fondo del río,
con el tiempo se afirma, con la sangre se ahonda..
¿Qué lucientes materias duraderas te han hecho,
corazón de alborada, carnación matutina?
Yo no quiero más día que el que exhala tu pecho.
Tu sangre es la mañana que jamás se termina.
No hay más luz que tu cuerpo, no hay más sol: todo ocaso.
Yo no veo las cosas a otra luz que tu frente.
La otra luz es fantasma, nada más, de tu paso.
Tu insondable mirada nunca gira al poniente.
Claridad sin posible declinar. Suma esencia
del fulgor que ni cede ni abandona la cumbre.
Juventud. Limpidez. Claridad. Transparencia
acercando los astros más lejanos de lumbre.
Claro cuerpo moreno de calor fecundante.
Hierba negra el origen; hierba negra las sienes.
Trago negro los ojos, la mirada distante.
Día azul. Noche clara. Sombra clara que vienes.
Yo no quiero más luz que tu sombra dorada
donde brotan anillos de una hierba sombría.
En mi sangre, fielmente por tu cuerpo abrasada,
para siempre es de noche: para siempre es de día.
Miguel Hernández (30 oct 1910-28 marzo 1942)



