También Karlshof se llenó de banderas, predominando las de Alemania, Brasil, España, México, Portugal... Y cada partido era una excusa para reunirse con la gente, para compartir sus nervios y sus alegrías, para pintarse la cara de todos los colores, para invadir la Marktplatz con nuestra ilusión.
Sobre todo celebrar cada victoria alemana, en las que, desde el primer partido, prácticamente todo habitante de Da
Y tanto rojo, amarillo y negro que inundaban las calles se mantuvo hasta que llegó un día fatídico para Alemania... y glorioso para España. Contra todo pronóstico, la roja pudo con el calculado y meticuloso juego alemán, la improvisación ganó a la planificación. Pero eso no fue excusa para que todos celebraran. Aunque hubo algunos alemanes molestos que abandonaron, huraños, la plaza en cuanto acabó el partido, otros tantos se acercaron para celebrarlo con nosotros y sacar fotos con ambas banderas. Tengo que reconocer que fue un gesto de una deportividad encomiable. Y es que está bien el saber perder, y sobre todo, el saber no perderse una fiesta.
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